Día de la enfermería
- ifernandezarencibi
- 12 may
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Doce de mayo. Día Internacional de la Enfermería.
¿Sabías que se celebra en honor a Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna? Probablemente, no. Y probablemente antes del COVID tampoco sabías que hoy era nuestro día.
Quizá tampoco sabías que yo soy enfermera.
Y sí, lo soy. Porque una cosa es estudiar enfermería y otra muy distinta es ser enfermera.
Es verdad que, con los años, me he ido alejando bastante de la enfermería “al uso”: la asistencial, la del hospital, la del pijama blanco y los zuecos. Y, oye, en días como hoy —y en otros en los que me pongo especialmente nostálgica— la echo muchísimo de menos.
Echo de menos el olor del hospital, aunque suene raro. El ajetreo de urgencias. La sala de enfermería con olor permanente a café, aunque yo odie el café. Echo de menos a mis compañeros, a los médicos, a los cirujanos, a los TCAE… pero, sobre todo, echo de menos a los pacientes.
Ahora también tengo pacientes. Y, gracias a Dios, llegan a mí sanas/os, con el único objetivo de regalarse un rato para ellas/os mismos, cuidarse o verse mejor. Y no es poca cosa. Nunca diría lo contrario.
Pero entre las paredes de un hospital ocupas un lugar diferente. Un lugar importante. Y, a veces, si haces bien tu trabajo, incluso decisivo.
No voy a entrar en competencias, responsabilidades ni conocimientos. Cada uno sabrá cuál es su papel. Yo siempre me quedo con la parte más humana de la enfermería, porque ha sido —y sigue siendo— mi favorita.
Mis pacientes. Sus nombres y apellidos. Sus historias familiares, sus manías, sus miedos y sus malditas enfermedades.
De mis años en el hospital recuerdo con cariño a muchos de ellos. Y la verdad es que todavía los echo de menos.
Con el tiempo aprendí a no llevarme a casa todos y cada uno de sus problemas. O, al menos, lo intenté. Aunque-afortunadamente- no lo conseguí del todo.
Mi etapa hospitalaria estuvo marcada por el COVID. Y no voy a quejarme, porque no tuve que lamentar ninguna pérdida cercana. Pero sí viví y vi cosas horribles. Las viví junto a mis pacientes, a quienes intenté acompañar lo mejor que pude entre mascarillas, pantallas de plástico e incertidumbre.
Hay muchos nombres que todavía me vienen a la cabeza. Muchas historias. Francisca*. Los hijos de Eduardo*. La hermana de Flora*, de la que no pudo despedirse. Pedro*… a saber dónde estará Pedro*. Y tantos otros a los que tuve la suerte de conocer.
La enfermería y la sanidad están atravesando un momento difícil, convulso, agotado. Y a mí, sinceramente, se me parte el alma.
Por eso hoy, en el Día Internacional de la Enfermería, quería dedicarme unos minutos para recordarme a mí misma algo que, pase lo que pase, nunca dejará de ser verdad:
Yo soy enfermera.
(*) Los nombres de los pacientes que cito son ficticios para respetar su intimidad, pero las historias son reales.




¡La mejor! Qué suerte tener tus manos, pero sobretodo tu corazón.